Una clase también es un acto de comunicación. No un volcado de conocimiento, ni un repaso de conceptos que el alumno podría leer en un manual, sino un encuentro diseñado para que algo se mueva. Lo recordé hace unas semanas, cuando me senté a preparar mi primera ponencia universitaria: sesenta minutos online ante veintiocho alumnas de Comunicación Organizacional de la Universidad Panamericana de Guadalajara. El reto no era contar lo que sé. Era decidir cómo hacer que les sirviera.
Llegué a esa aula —virtual— por una puerta que abrió un artículo. Pedro Linares, compañero de profesión y hoy profesor, leyó lo que había escrito sobre el guion de los eventos corporativos y me llamó para que se lo explicara a sus alumnas. Esa es, por cierto, la primera lección que me llevo: lo que comunicas con coherencia acaba volviendo a ti en forma de oportunidad. Pero esa es otra historia. Volvamos al aula.
Titulé la sesión «De las pantallas a las salas corporativas», porque eso resume lo que he hecho en casi treinta años: entender que la comunicación de verdad no está en los platós, sino en las salas, en esos momentos en que miras a tu audiencia y sientes que algo cambia. Y para transmitir esa idea no me bastaba con enunciarla. Tenía que construir una experiencia que la demostrara mientras la contaba.
Aquí es donde una ponencia se parece mucho a un evento corporativo. Antes de escribir la primera frase, me hice las mismas preguntas de siempre: ¿qué quiero que se lleven al salir?, ¿qué emoción tiene que sostener cada tramo?, ¿dónde está el pico y dónde el descanso?
Diseñé la sesión como una partitura, no como una lista de temas. Una primera parte personal —mi recorrido de la televisión gallega a Antena 3, la decisión de volver a casa, las muchas vidas que cabe una carrera— y una segunda más técnica sobre los eventos como herramienta de comunicación. El orden no era casual: primero la emoción, que abre; después el método, que se sostiene sobre ella.
Porque ese es el corazón del oficio. Un buen guion no es un orden del día. Es una decisión sobre el ritmo, sobre cuándo elevar la voz y cuándo callar, sobre qué momento merece una pausa larga y cuál pide ligereza. Dosificar la emoción para que el que escucha pueda entrar sin perder el hilo. Reservar siempre un espacio a lo que no estaba previsto, a la pregunta inesperada, al silencio que no hay que romper demasiado pronto. Eso vale igual para una gala que para una clase, la arquitectura invisible es la que sostiene lo que se ve.
Lo curioso es que la parte que más trabajo me dio diseñar fue, también, la que más conectó. Al terminar, varias alumnas me dijeron que nunca antes nadie les había planteado una charla de esa manera, y que lo que más les había ayudado había sido la parte personal: la historia real, no el marco teórico. Para alguien que lleva décadas creyendo en lo que voy a escribir ahora, fue la mejor confirmación posible.
La autenticidad es la herramienta más poderosa que tenemos como comunicadoras. En un mundo saturado de contenidos pulidos, de perfiles impecables y de mensajes perfectos, lo que de verdad llega es lo que se ha vivido. Contar lo propio —los aciertos, pero también la decisión difícil, el «ya no das el perfil», la reinvención— llega mucho más lejos que cualquier teoría, porque es lo único que ninguna inteligencia artificial puede replicar. Y eso, que parece intuición, en realidad es estrategia: cuando una historia es verdadera y está bien construida, comunica en un nivel que ningún dato alcanza.
Salí de esa pantalla con una idea clarísima. Da igual que sea un auditorio lleno o una cuadrícula de rostros al otro lado de la cámara, el trabajo es siempre el mismo. Diseñar el espacio para que el mensaje se escuche como merece, y atreverse a estar presente de verdad. Porque hay cosas que solo ocurren en vivo, y la conexión es una de ellas.
Gracias, Pedro, por abrir esta puerta. Y gracias a ellas, por recordarme que cada día es un regalo —aunque no siempre venga envuelto bonito— y que eres tú quien decide si lo abres.
